También esto pasará

Un ejercicio violento de desnudez

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“También esto pasará”, de Milena Busquets

tambien-esto-pasaraSomos animales. Cachorros que no entendemos de la vida, que intentamos succionarle todo el jugo, pero al final nos quedamos en la superficie. Libamos, cual abejas enloquecidas por el humo, aquel deseo que nos quema por dentro, engañando a los sentidos con la saliva y semen de otros, con el sexo furtivo que se huele en las sombras, con la implacable fuerza de negarnos a nosotros mismos, de decirnos que lo que fue no existe, que lo que fue nunca lo ha sido, que lo que es, lo que queda, en realidad no es lo que queremos. Nos engañamos, como cachorros que somos, observando el mundo por primera vez, aunque llevemos mucho tiempo surcando sus calles y aborreciendo el sol que elimina la sombra que nos cobije. Ladramos, mordemos, dejamos nuestra lengua en suspenso, cuando son otros en los que nos reflejamos, cuando son nuestros muertos los que nos definen, los que hablan por nosotros, los que convierten una vida en un duelo del que, quizás, no nos recuperaremos del todo nunca. También esto pasará es el miedo a que la muerte no lo haga, a que después de su silencio sigamos pensando en el sonido, en el que aparece y desaparece cada vez que un recuerdo hace mella y agranda la grieta, la ensancha para que por ahí, por esa rendija por la que todo el mundo puede mirar – y opinar -, se escape la vida que habíamos construido. Es, ante todo, un ejercicio de desnudez, de mostrar el cuerpo y sus heridas, y de darnos cuenta que, en la muerte, no todos seremos iguales, ni seremos recordados de la misma manera.

Nadie vive igual una muerte, como tampoco nadie es capaz de vivir la vida de igual manera cuando alguien desaparece. El hueco, el vacío, los silencios, son esos espacios que intentamos llenar con el ruido que aparece fuera y dentro. Milena Busquets busca esa contaminación, ese ir y venir de sonidos que a veces son inteligibles, en el roce de los cuerpos, en la familia que se remueve en las habitaciones de una casa de Cadaqués, mientras el tiempo se sucede y una madre, la suya, planea como un fantasma entre las palabras que no es posible decir en voz alta. El duelo, ese dolor silencioso que se agazapa en los pliegues, en las cicatrices que ha reblandecido el tiempo, es el protagonista en una pequeña novela que pelea, que da puñetazos en los estómagos de todo aquel que, con un mínimo de sentimiento, ha notado en sus carnes la pérdida, la fala de adiós, el cerrar de unos ojos a la realidad más violenta y, quizás por eso, más verdadera. También esto pasará duele, es cierto, y lo hace con la palabra, con los acontecimientos que, calentados a fuego lento, amenazan con saltar de la cazuela, convirtiendo lo que hemos cocinado, lo construido, en una arena movediza en la que nos ahogamos, en ocasiones, para que el silencio llegue y no podamos pensar más. El misterio de cómo, tras la muerte, tras el espacio que deja no encontrarnos en el pasillo, en la habitación de siempre, el cuerpo que había supuesto que ancláramos nuestros pies al suelo.

Pero en ese mismo dolor se encuentra un homenaje, a una madre, pero también a una misma. Porque en ese crecer animal que nos sobreviene con la tragedia, Milena Busquets aprende que no habrá sexo que pueda contrarrestar la emoción de la pérdida, estudia su alrededor a través de las lentes contaminadas del autoengaño y la perversión que, como un cuchillo, hace que nos inflijamos el daño necesario para no olvidar nunca de donde venimos, a quién pertenecimos, quién nos dejó para querernos de otra manera. También esto pasará se lee con las tripas, se vive con la emoción que, como las bolas de demolición, golpean una y otra vez las fachadas y destruyen todo lo que hay a su paso. Y es que crecemos, olvidando que a veces la muerte puede tocarnos, puede acariciarnos, llevándose aquello que hemos conocido. Nos creemos que todo lo podemos, que nada puede afectarnos, y seguimos el camino hasta que algo lo quiebra, hasta que desaparecer se convierte en realidad, haciéndonos por qué el enigma de la muerte sigue persiguiéndonos cuando ya no hay nada que preguntarnos. Un ejercicio de desnudez, decía, que es un ejercicio lleno de los peligros de verse reflejado, de ver que el mundo, con su infinita injusticia y el caos que deja a su paso, puede convertirse en un enemigo más al que hacer frente, una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez.

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